La historia inconclusa del déficit atencional (TDAH): ¿existe realmente?
A grandes
rasgos, el llamado trastorno de déficit de atención es atribuido a un trastorno
de la conducta caracterizado por síntomas tales como la falta o dificultad para
prestar atención (puede ser con o sin hiperactividad/impulsividad), lo que
repercute en el individuo deteriorando distintos ámbitos de su vida.
El apogeo de
este trastorno sin duda fue en la década de los ’90, sin embargo, desde los
comienzos del siglo XX ya era un tópico que los profesionales investigaban. Los
estudios pasaron por etapas en donde se postulaba que era una encefalopatía,
pequeños daños neurológicos, hasta lo que hoy se considera: Trastorno
conductual producido por un desequilibrio neuroquímico.
La primera vez
que supe de este trastorno fue en 1998, cuando yo apenas tenía 9 años e iba en cuarto
grado. Éramos aproximadamente 31 alumnos en la sala de clases y tenía dos
compañeros que tomaban una píldora llamada “Ritalín”. Obviamente no sabía su
componente, pero cuando pregunté, la explicación que recibí fue que era para
que se portaran bien y mejoraran sus notas. Me llamó la atención que existiera
una pastilla para mejorar las notas, ya que si así era, ¿por qué no se la daban
a todos?
Cuando entré a
la escuela de psicología, preferí quedarme con la idea de que este trastorno
era más bien algo neurológico, un desorden neuroquímico o una microlesión
cerebral que podría haber tenido lugar en la etapa gestacional o en la infancia
del niño; algo más biológico que psicológico, y que el famoso medicamento
ayudaba al individuo; aunque muchas veces conllevaba a efectos adversos no
deseados como una hipoactividad motora, junto con desmotivación.
El año que
realicé mi práctica clínica supe que el nombre del fármaco había cambiado, el
antiguo ritalín ahora se llamaba “Aradix”, y posteriormente apareció el “Concerta”;
supuestamente el cambio era que se trataban de fármacos de “nueva generación” y
los efectos secundarios eran menores o con una intensidad más baja.
Mi percepción
con respecto a este trastorno comenzó a cambiar cuando comencé a ver pacientes.
Los niños que llegaban a la consulta muchas veces eran derivados por los
colegios debido a que se salían de la norma, en su mayoría eran niños de 7 a 10
años que eran inquietos, se paraban de sus sillas, salían de la sala sin
permiso, conversaban en clases y algunos sufrían arrebatos como tirarse al
piso. Sin embargo sus notas estaban en el promedio o sobre este; y aún así,
eran catalogados como las pesadillas de los profesores. Sus padres se
angustiaban debido a las frecuentes llamadas de atención que recibían del
establecimiento educacional de sus hijos.
Frecuentemente,
los documentos que recibía tanto de los colegios e incluso de los padres era
prácticamente que mi paciente, es decir, el niño, era un “niño problema” y que
era yo quien podía y tenía que “arreglarlo”.
El protocolo de
donde realizaba mi práctica era recibir al paciente, evaluarlo, ponerme en
contacto con quien lo derivó en caso de corresponder, llevar la información a
una reunión clínica con más profesionales (otros psicólogos y una psiquiatra) y
establecer el método de trabajo.
Ocurría que en
muchos casos yo no consideraba necesariamente la intervención farmacológica, lo
que me llevaba a enfrentamientos teóricos con los otros profesionales; a mí
juicio, el niño sólo era inquieto, sin ser esto perjudicial en su rendimiento ni
en el de los demás. Pero obviamente, la opinión de una joven profesional, en mi
país al menos, no vale nada ante profesionales vejetes que creen estar en los
mismos tiempos que hace 10-20 e incluso 30 años.
Estos niños
inquietos eran adorables, llegaban felices a las sesiones. Cuando evaluaba su
atención en los distintos juegos que participaban, ellos lograban mantenerla,
eran colaboradores y muy atentos afectivamente. Sin embargo, cuando me
entrevistaba con los padres, solían surgir cosas nuevas. Muchas veces habían
problemas en la relación conyugal, o los padres estaban separados; la madre
sobrecargada de trabajo no podía ocuparse en un 100% de su hijo “problemático”
e incluso venir y traerlo a las sesiones de psicoterapia le complicaba porque
nadie más se hacía cargo; o no creían necesarias las sesiones porque con la
píldora bastaba; incluso más de alguno de estos niños ¡había sufrido abandono
y/o negligencias!
Ante este
panorama comencé a cuestionarme si acaso todas estas derivaciones se trataban
de algo más que un desequilibrio neuroquímico. Muchos de estos pacientes no
parecían mejorar con el medicamento y más de dos o tres veces al mes visitaban
a un neurólogo o psiquiatra para ajustar las dosis, sin tener resultados.
Claramente comencé
a cuestionarme la efectividad del medicamento. Incluso uno de los niños a los
que vi tuvo un trastorno renal por altas dosis. Había que buscar una estrategia
nueva de intervención para niños con este tipo de comportamientos.
Me asombraba
negativamente ver cómo muchos profesionales recomendaban los fármacos a diestra
y siniestra sin derivar a un psicólogo. Los colegios casi obligaban a medicar,
ya que en caso de no hacerlo eran capaces de cancelar la matrícula para que el
niño no pudiera ingresar nuevamente el año posterior.
Es un panorama
lamentable. El niño en cuestión era percibido como un problema que otro tenía
que arreglar de la forma más rápida, sin alterar otra cosa fuera del niño.
Desde ese
momento comenzó a disminuir mi confianza frente a este tipo de fármacos, y a la
categoría de etiquetar este comportamiento como “Trastorno de Déficit
Atencional”. A mi juicio todo tenía que ver con un componente emocional a la
base; y la conducta muchas veces disruptiva era una reacción al conflicto
emocional que se había formado, junto a una forma de comunicar una necesidad de
cambio.
Frente a este
panorama, la estrategia de intervención tiene que ser modificada. Si un niño
era derivado del colegio, por ejemplo, por un comportamiento disruptivo con su
profesora, junto con malas calificaciones y retraimiento en sus relaciones sociales, y luego te enteras
que aquel niño fue abandonado por su madre (cuya edad es parecida a la de la
profesora), quien a su vez fue abandonada por el padre del niño en su embarazo,
y el menor es criado por sus abuelos… como profesional y como persona comienzas
a empatizar con el comportamiento del muchacho, y como psicoterapeuta te haces
capaz de entender la rabia que él muestra contra figuras de autoridad y lo aislado, que lo demuestra con su grupo de
pares. Esto sólo para ponerlo de ejemplo.
Es difícil, por
no decir imposible, que una pastilla cambie todo este panorama. El trabajo que
se debe hacer, a mi juicio, es intentar de comprender, primeramente, el por qué
de su comportamiento, luego validarlo, y luego re-elaborarlo. La contención
emocional en este momento y en el proceso en sí es crucial. También se debe
educar e informar a los cuidadores del menor, hacerlos ver que el menor no es
incapaz, pero que sí necesita su ayuda y su atención para digerir mejor lo que
le acontece emocionalmente; hacerles saber que el proceso puede tomar tiempo, y
pueden haber momentos en que el menor acentúe los síntomas (revivir experiencias
pasadas puede ser doloroso, pero es algo que se debe hacer, sin traumatizar).
Lo último a lo
que me quiero referir, son los profesionales de la educación. Si leyeron lo
escrito anteriormente, supongo que no necesitaré argumentar el por qué me
parece innecesario e incluso muy dañino que se amenace a él y/o a los padres
con cosas como la suspensión, cierre de matrícula, etc. El núcleo emocional no
se podrá modificar con esto; probablemente se resentirá y el comportamiento
perpetuará e incluso podría incrementarse, debido a que el niño se seguirá
defendiendo ante el rechazo que sentirá de parte del establecimiento.
Lo que les
recomendaría es crear un espacio de escucha y apoyo; incentivar los recursos de
estos niños, otorgar más tiempo para lo que les dificultan; tener presente que
no son simples máquinas ejecutoras o simples esponjas absorbedoras de
conocimiento. Son seres que se emocionan, y tienen una historia que los hace
quiénes son; algo que una simple pastilla no puede hacer por sí sola, sólo
desespera a los padres porque sienten que el niño no se puede adaptar.
Luego de esto es
difícil seguir creyendo y fantaseando que una pastilla mejorará las cosas y
descansar en ese deseo.
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